El peligro de pasar de Estado benefactor a Estado del malestar

 

Con la crisis de 2008 muchos de los economistas or-todoxos descubrieron en Keynes una puerta para escapar de aquélla a través del aumento del gasto público y del salvataje de bancos financiado por la emisión masiva de deuda soberana. En un principio, los mercados aplaudieron la relajación de la disciplina fiscal y el crecimiento exuberante de la deuda en Europa y Estados Unidos. Sin embargo, la reducción de las tasas de interés y el aumento del déficit fiscal tuvo solamente efectos marginales en la recuperación económica global. Decepcionados por los pobres resultados y preocupados por recuperar sus fondos invertidos en títulos soberanos, los mercados están votando en contra. En un ejercicio de deudocracia, los mercados quieren cambios que aseguren la capacidad de pago de la deuda.

Resulta preocupante que estos cambios se enfoquen principalmente en la reducción del gasto en empleos públicos, salarios, pensiones, educación, salud y otros beneficios sociales. Ya que la brecha entre los más ricos y los más pobres se ha agrandado en las últimas décadas debería buscarse una distribución equitativa del ajuste entre los diferentes estratos de la sociedad con foco en el aumento de impuestos a los que más tienen. Esquemas impositivos más progresivos son resistidos, pero tienen que estar en el menú de las soluciones. No es ético salvar a los bancos a costa de la salud y la educación de los que menos tienen y de los que menos se beneficiaron con el boom artificial de la década pasada.

La deudocracia vota por el «Estado de malestar» y en contra del «Estado benefactor». El desempleo en Europa alcanza a 22 millones de habitantes, pero castiga con fuerza a los más jóvenes, donde el porcentaje promedio llega al 20%, con España adelante, con más del 40%. Los líderes europeos, con Merkel a la cabeza, pintan un camino muy negro para la próxima década. Ahora, si la exuberancia de la última década benefició a unos pocos y dejó esta herencia de desempleo y ajuste, ¿qué cabe esperar entonces para los próximos años?

Es irónico que el Reino Unido, Irlanda, Grecia, Italia, España y Estados Unidos, entre otros, estén sufriendo en carne propia las mismas pócimas recetadas a los países latinoamericanos en las décadas de los 80 y 90. Luego de un duro aprendizaje, las economías de Latinoamérica se muestran robustas frente a las llamadas potencias centrales. Es así que la dualidad centro-periferia o mundo desarrollado-subdesarrollado no se muestra tan clara luego que la región en su conjunto apuntó a un desarrollo más responsable dentro de un marco democrático. 

Latinoamérica detenta sistemas bancarios más sanos que aquellos de los llamados países centrales, cuentas fiscales relativamente en orden, menores niveles de endeudamiento público y una mejora de los indicadores sociales durante los últimos diez años. Éstos no sólo son motivos para festejar, sino para perseverar y evitar caer en las manos de la deudocracia donde una minoría vota en los mercados contra la mayoría de la democracia.

Desequilibrios fiscales y endeudamiento no son el camino. Cuentas en orden con superávit fiscal no son un fin en sí mismas, sino un medio para crear una sociedad con un mejor tejido social. El desarrollo sustentable requiere un círculo virtuoso para invertir, ganar dinero y pagar impuestos que genere excedentes para derivarlos a la educación, la salud y el desarrollo de las capas más necesitadas de la sociedad. Muchos países parecen haberlo olvidado.

 

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