Brasil, peor (y la Argentina atada a su suerte)

 

La economía brasileña cayó un 3,8% el año pasado y se estima que este año caerá otro 4% mientras que sombríos pronósticos privados estiman que la misma no se recuperará el año entrante. La historia económica muestra que solamente en dos de los últimos 40 años nuestro país creció cuando Brasil no lo hizo. En general, Argentina crece cuando nuestro vecino lo hace. Éstas son malas noticias pero son las cartas con las que el Gobierno actual tiene que jugar. 

Los descalabros de la administración anterior son una pesada herencia para el gigante del Mercosur. La actividad económica acusa recibo de los recortes en gastos corrientes del Estado y de la paralización de la obra pública por motivos que enlazan corrupción y falta de fondos. Esto impacta a un gran sector de la economía privada que depende del estado al tiempo que el consumo se ve también afectado por el aumento de la tasa de interés que pega de lleno en el bolsillo de las familias brasileñas quienes ya destinan un 20% de sus ingresos a atender su propia deuda. Este círculo vicioso ha llevado los niveles de desempleo a superar los dos dígitos. 

Con una inflación que supera el 9% anual el Banco Central do Brasil fijó la tasa SELIC en el 14,25% anual que no sólo castiga el consumo y baja el nivel de actividad económica sino que alimenta la creciente deuda pública mayormente denominada en moneda local que va camino a superar el 70% del PBI. El déficit fiscal del 2015 trepó al 6% llenando de dudas las estimaciones para este año donde vuelve a caer la actividad económica. 

La solución de un desequilibrio fiscal de esta magnitud hasta llevarlo a una situación mínima de confort llevará varios años. Una política de shock se revela como imprudente por su impacto social en las capas más desprotegidas de la sociedad. Esto implica que la deuda pública seguirá aumentando por lo que las sombras de un nuevo downgrade (baja de calificación de la deuda soberana) por parte de las agencias de crédito internacionales estarán sobrevolando a la mayor economía de la región a pesar de contar con reservas por u$s 360 mil millones.

La salud de la balanza comercial brasileña depende de un tipo de cambio alto y de las exportaciones de commodities. El tipo de cambio actual, que se ubica en 3,55 reales por dólar, da cierta tranquilidad al sector industrial que viene de sufrir una apreciación cambiaria en niveles de 1,60 real. Por el lado de los commodities las noticias son mixtas ya que China demanda menos materias primas impactando las exportaciones de mineral de hierro cuyo precio cayó desde u$s 150-170/t a u$s 60/t. Sin embargo, buenas cosechas de soja y maíz entonadas por el alza de sus precios dan cierto respiro a la nueva administración. 

El torbellino político generado por los escandalosos casos de corrupción ("mensalão", "Lava Jato" y otros menos conocidos) y el proceso de impeachment ha llevado a la creación de un Gobierno legal pero con nulo apoyo popular que pretende llevar adelante un plan de ajuste fiscal al tiempo de atraer inversiones extranjeras. La tormenta política no ha terminado ya que no sólo el nuevo presidente designado registra procesos en su contra sino también la mayoría de los legisladores que votaron por el juicio político a Dilma. Esto lleva a preguntarse hasta dónde la debilidad política de la nueva administración surgida de una compleja coalición de partidos que enfrentan rabiosamente al PT permitirá generar confianza en los mercados y llevar adelante un ajuste de las cuentas fiscales. Aún más; hacen falta reformas estructurales dramáticas que permitan generar competitividad en el país y las mismas son de difícil consenso no sólo dentro del Congreso sino también dentro de la actual coalición gobernante. 

La historia es cruel. Brasil pasó de crecer al 7,5% en 2010 a sufrir una inédita crisis político-económica sin haber desarrollado una estrategia anticíclica en la época de vacas gordas cuando todos festejaban su designación como sede de los juegos olímpicos que serán inaugurados por el designado presidente Temer. En estos escasos años la alegría carnavalesca de Brasil dio paso a la "tristeza não tem fim" de la bossa nova de Vinicius y Jobin.

 

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